Nieuw verschenenHet woord van Gods genadePreken · 6 dagen geleden
Joseph Charles Philpot J.C. Philpot Bevindelijke geschriften & prediking
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Empero deseaban la mejor, es a saber, la celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos: porque les había aparejado ciudad.
Hebreos 11:16

Al desear una patria mejor, estos antiguos peregrinos querían algo celestial, algo que supiera a Dios, que tuviera el sabor de Dios, el olor de Dios, y que fuera dado por Dios: una religión celestial, una fe espiritual, una esperanza llena de gracia y un amor derramado en el corazón por el Espíritu Santo; algo que viniera del cielo y condujera al cielo; que diera sentimientos celestiales, sensaciones celestiales, deleites celestiales y gozos celestiales, por los cuales el corazón fuera purificado del amor al pecado, a la carnalidad y a la mundanalidad, al tener algo más dulce que gustar, mejor que amar y más santo que disfrutar.

Son estas visitaciones celestiales, estas gotas del favor, la bondad y la misericordia de Dios que caen en el alma, las que mantienen viva el alma en sus muchas muertes, la endulzan en medio de sus muchas amarguras, la sostienen en medio de sus muchos hundimientos y la guardan de ahogarse mientras lucha con muchas aguas.

Una mente carnal no tiene gusto por las cosas celestiales, ni dulce deleite en la Palabra de Dios; ni deleite en el Señor Jesús tal como Él se revela en la Palabra; ni deleite en los deberes de la cámara secreta, en la meditación a solas, en escudriñar las Escrituras, en la comunión con Dios, ni aun en la compañía de la amada familia de Dios. Tiene que haber un ‘elemento celestial’ en el alma para entender, percibir, disfrutar y deleitarse en las cosas celestiales. El Espíritu Santo tiene que haber obrado en nosotros un corazón nuevo, una naturaleza nueva, capaz de entender, disfrutar y deleitarse en las realidades celestiales, como cosas que contienen lo que es dulce y precioso para el alma.

Deseaban, pues, una patria mejor, es a saber, la celestial, la ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios; donde hay deleites a la diestra de Dios para siempre; donde fluye siempre el río limpio del agua de vida; donde crece el árbol en el que se hallan hojas para la sanidad de las naciones; una ciudad tal como la describe Juan en el libro del Apocalipsis, donde todo es felicidad, armonía y paz.

Al lector…

¿Sabe usted realmente lo que desea? ¿Se contenta con una religión que sabe a la tierra, o tiene hambre de algo que tenga el sabor y el olor de Dios, algo que viene del cielo y conduce al cielo? Quizá siente su muerte interior, su hundimiento, su lucha con muchas aguas, y teme que no haya en usted ningún principio celestial. Pero quien busca algo más dulce de lo que el mundo puede dar, en la cámara secreta, en las Escrituras y en el Señor Jesús, no tiene ese anhelo por sí mismo.

Son las visitaciones celestiales, las gotas del favor y de la bondad de Dios que caen en el alma, las que mantienen viva su alma, la endulzan en medio de lo amargo y la guardan de ahogarse. Deje, pues, que su corazón se dirija a la ciudad que tiene fundamentos, donde fluye siempre el río del agua de vida. Porque de tales peregrinos Dios no se avergüenza; les ha aparejado ciudad.

Con un cordial saludo,
Los compiladores de jcphilpot.nl