Nieuw verschenenHet woord van Gods genadePreken · 6 dagen geleden
Joseph Charles Philpot J.C. Philpot Bevindelijke geschriften & prediking
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Por el valle de Baca

8 de febrero

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2 min. de lectura

Y por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos sean santificados en verdad.
Juan 17:19

Cristo ha sido hecho santificación para Su pueblo (1 Cor. 1:30). ¿Qué soy yo? ¿Qué es usted? ¿No somos inmundos, contaminados y manchados? ¿No sienten algunos de nosotros, en mayor o menor grado, cada día que somos del todo como cosa inmunda? ¿No es todo pensamiento de nuestro corazón enteramente vil? ¿Mora por naturaleza en nuestro corazón alguna santidad, alguna espiritualidad, algún ánimo celestial, alguna pureza, alguna semejanza a la imagen divina? ¡Ni un grano! ¡Ni un átomo!

¿Cómo podré yo, entonces, pecador contaminado, ver jamás el rostro de un Dios santo? ¿Cómo puedo yo, gusano de la tierra, corrompido por dentro y por fuera por el pecado que mora en mí y por el pecado cometido, esperar ver a un Dios santo sin ser consumido? No puedo verle, sino en la medida en que el Señor de la vida y de la gloria me es hecho santificación. ¿Por qué se sobresaltan tanto los hombres ante la “santificación imputada”? ¿Por qué no habría de imputarse a Su pueblo la santidad de Cristo tanto como la justicia de Cristo? ¿Por qué no habrían de estar santificados en Él, así como justificados? ¿Por qué no?

¿Hay algo en Jesús, como Dios-hombre Mediador, que Él no tenga para Su pueblo? ¿Tiene alguna perfección, algún atributo, algún don, alguna bendición que no sea para el uso de ellos? ¿No se santificó a Sí mismo para que ellos fuesen santificados en la verdad? ¿No es Él el santo Cordero de Dios, para que ellos sean “santos y sin mancha delante de Él en amor”?

¿Qué es mi santidad, aun aquella que a Dios le plazca impartirme? ¿No es, por lo menos, escasa? ¿No es, por lo menos, pequeña en medida? Pero cuando contemplamos la santidad pura e inmaculada de Jesús imputada a Su pueblo, y los vemos santos en Él, puros en Él, sin mancha en Él, ¡cómo quita todas las arrugas de la criatura y los hace estar santos y sin mancha delante de Dios!

Al lector…

Alma probada, ¿se ve a sí mismo como un pecador inmundo y manchado, en quien por naturaleza no mora ni un grano de santidad? ¿Se pregunta con temor cómo podrá contemplar jamás el rostro de un Dios santo? Es una pregunta sincera, y no hace falta quitarle importancia. Porque nuestra propia santidad es, por lo menos, de ningún valor; nunca podrá sostenerse delante de Él.

Pero oiga lo que dice el Señor Jesús: “Por ellos Yo Me santifico a Mí mismo, para que también ellos sean santificados en verdad.” Él ha sido hecho santificación para Su pueblo. No hay nada en Él que no pueda dar a los Suyos. Aparte, pues, la vista de sí mismo y mírele a Él, el santo Cordero de Dios. En Él desaparecen todas las manchas y arrugas, y un pobre pecador puede estar santo y sin mancha delante de Dios en amor. Esto no es motivo para perseverar en el pecado, pero sí es motivo para no desesperar.

Con un cordial saludo,
Los compiladores de jcphilpot.nl