Nieuw verschenenHet woord van Gods genadePreken · 6 dagen geleden
Joseph Charles Philpot J.C. Philpot Bevindelijke geschriften & prediking
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Por el valle de Baca

25 de diciembre

Vandaag

3 min. de lectura

“El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios: sin embargo, se anonadó a Sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Filipenses 2:6, 7

La humanidad de nuestro bendito Señor fue verdadera carne y sangre desde el momento de su concepción, un cuerpo humano perfecto, al que estaba unida un alma humana perfecta; ambos sin pecado, pues de otro modo Él no podría ser el Cordero sin mancha; ambos sin pecado, pues de otro modo Su pura humanidad no habría sido aquel “Santo” nacido de la Virgen, que sería llamado Hijo de Dios. Así salió como el Cordero de Dios, sin mancha ni contaminación. Bien podía decir el Apóstol: “Grande es el misterio de la piedad.”

Aquí, como en un espejo, vemos el maravilloso amor de Jesús: que Aquel que es el Hijo de Dios, coigual y coeterno con el Padre y el Espíritu Santo, partícipe de la esencia del Padre y de la gloria del Padre, se rebajara tanto para levantarnos tan alto; que se dignara unir a Su gloriosa Persona nuestra naturaleza, carne y sangre; llevar un cuerpo humano como el nuestro; sentir como nosotros, hablar como nosotros, andar como nosotros, comer y beber, tener hambre y sed, llorar, suspirar y lamentarse como nosotros; y sin embargo ser todo el tiempo el Hijo de Dios, y tener una naturaleza divina en unión tan estrecha con la naturaleza humana como la que tiene nuestra alma con nuestro cuerpo.

No podemos decir cómo está nuestra alma unida a nuestro cuerpo. Sabemos que es así, pero no podemos decir cómo. Solo conocemos el hecho, pero no podemos explicar el modo. Así tampoco podemos decir cómo la naturaleza divina de Cristo está unida a Su naturaleza humana; sabemos que es así por el testimonio de Dios, por la revelación expresa de Su palabra. Esa revelación responde, para el creyente, a toda pregunta.

Pero si alguien me dice: “¿Puede usted explicar el misterio de las dos naturalezas en Cristo?”, yo pregunto a mi vez: “¿Puede usted explicar el misterio de su propia existencia? ¿Puede explicarme cómo es capaz de levantar su propia mano, ver con su propio ojo, oír con su propio oído, moverse con su propio pie? Nadie ha sido capaz jamás de explicar esta cosa aparentemente sencilla; una acción que cualquier niño puede realizar, pero un hecho que ningún filósofo puede entender. ¿Puede decirme cómo la mente puede actuar sobre la materia? ¿Cómo usted quiere hacer algo con su mente, y puede hacerlo instantáneamente con su cuerpo? Cuando pueda explicar su propia existencia y desentrañar el misterio de su alma obrando en unión con su cuerpo, entonces admitiré que pueda desentrañar el misterio de la unión de la Deidad y la humanidad en la Persona del Hijo de Dios, tal como vivió en la tierra y como vive ahora en el cielo.” Hermosas son, acerca de este misterio, las palabras de Hart:

“Cómo se hizo, no podemos discutirlo;
pero esto sabemos: se hizo por nosotros.”

¡Dichosos los que pueden usar estas palabras sin lengua vacilante!

Al lector…

Quien se detiene ante el gran misterio de que el Hijo de Dios tomó carne y sangre, se queda con las manos vacías. Usted no puede sondearlo, y no necesita hacerlo. ¿Quién puede siquiera explicar su propia existencia? Pero esto sí puede saberlo por Su Palabra: Él se rebajó tanto para levantarnos tan alto. Conoció el hambre y la sed, lloró y suspiró, igual que nosotros.

Por eso no hay mejor refugio para un alma triste y cansada. Él sabe lo que es ser hombre, y sin embargo en todo esto siguió siendo el Hijo de Dios. No pregunte, pues, primero cómo se hizo, sino pida la gracia de poder decir: se hizo por mí. Si todavía lo dice con lengua vacilante, aférrese a Él; Él es el Cordero de Dios, sin mancha ni contaminación, y no desecha a los débiles.

Con un cordial saludo,
Los compiladores de jcphilpot.nl