Nieuw verschenenHet woord van Gods genadePreken · 6 dagen geleden
Joseph Charles Philpot J.C. Philpot Bevindelijke geschriften & prediking
Donar
Vandaag

3 min. de lectura

El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios.
Juan 3:3

La verdadera religión comienza con la entrada en el alma de una luz sobrenatural y de una vida sobrenatural. Cómo o por qué viene, el alma no lo sabe; porque “el viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. El viento mismo no se ve, pero sus efectos se sienten. El sonido del viento se oye en las copas de los morales, donde a Dios mismo no se Le ve. “Voz de Jehová con potencia; voz de Jehová con gloria.” “Oísteis la voz de Sus palabras, mas a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis” (Deuteronomio 4:12). Así se sienten los efectos, aunque las causas sean desconocidas.

Corrientes fluyen al corazón desde una fuente escondida; rayos de luz brillan en el alma desde un sol que aún no ha salido; y destellos de vida despiertan en nosotros una existencia nueva desde un manantial invisible. El niño recién nacido siente la vida en todos sus miembros, aunque todavía no conoce al padre terrenal de quien brotó esa vida natural. Y así las almas recién nacidas son conscientes de sentimientos que hasta entonces no poseían, y perciben una marea de vida, misteriosa e incomprensible, que baja y sube en su corazón, aunque el “Abba, Padre” todavía no haya brotado de sus labios.

El cuerpo de un hombre es sensible a toda sensación, desde el rasguño de un alfiler hasta una herida mortal, desde un dolor pasajero hasta una enfermedad incurable. El corazón no puede agitarse ni interrumpir un solo segundo su latido acostumbrado sin una sensación peculiar que lo acompañe, lo note y lo registre. ¿Serán, pues, los sentimientos la marca y la evidencia de la vida natural, y no de la espiritual? ¿Tendrá nuestra parte innoble, criatura de un día, nuestro cuerpo perecedero, polvo del polvo, sensaciones que registren todo dolor y todo placer, y será trémulamente sensible a todo cambio exterior y todo cambio interior; y no estarán nuestras almas inmortales igualmente dotadas de un barómetro semejante que suba y baje en la escala de la vida espiritual?

Debemos establecer, pues, en el mismo umbral de la piedad vital, que si un hombre no ha sido consciente de sentimientos nuevos, y no puede señalar, con más o menos precisión, algún período particular, alguna ocasión inolvidable, en que estos sentimientos entraron sin ser llamados en su corazón, todavía no ha pasado de muerte a vida. No está en Cristo, si no es una nueva criatura (2 Corintios 5:17).

Al lector…

Quizá usted no sabe cómo ni de dónde comenzó, y por eso no se atreve a creer que haya algo de la obra de Dios en usted. Oye el sonido del viento y no sabe decir de dónde viene. Pero ¿no ha habido en su corazón un bajar y subir que antes no conocía: un suspiro por la luz, un dolor por el pecado, un anhelo de lo que no puede ver? El niño recién nacido todavía no conoce a su padre, y sin embargo vive.

Sea, pues, sincero, pero también tierno consigo mismo. Un alma que nunca ha sentido nada de la entrada de la luz y la vida divinas tiene motivo para temer. Pero un alma que oye el viento, aunque no lo vea, puede saber que el Espíritu sopla donde quiere. Quizá el “Abba, Padre” todavía no ha pasado por sus labios; ore entonces para que Él haga irrumpir esa vida en usted, hasta que Le conozca por nombre en Cristo.

Con un cordial saludo,
Los compiladores de jcphilpot.nl