Nieuw verschenenHet woord van Gods genadePreken · 6 dagen geleden
Joseph Charles Philpot J.C. Philpot Bevindelijke geschriften & prediking
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Por el valle de Baca

1 de marzo

Vandaag

3 min. de lectura

“La iglesia del Señor, la cual ganó por Su sangre.”
Hechos 20:28

La expiación del pecado se sostiene o cae con la Deidad de Cristo. Si negamos Su Deidad, hemos de negar la expiación, pues ¿qué valor o mérito puede haber en la sangre de un mero hombre para que Dios, por causa de ella, perdone millones de pecados? Esto lo ven claramente los socinianos, y por eso niegan del todo la expiación. Pero si no hay expiación, ni sacrificio, ni sacrificio expiatorio por el pecado, ¿adónde podemos mirar en busca de perdón y paz? Dondequiera que volvamos los ojos, hay desesperación.

Pero cuando con el ojo de la fe vemos al Hijo de Dios obedeciendo la ley, rindiendo, en el hacer y en el morir, en el obrar y en el padecer, una satisfacción a la justicia violada del Altísimo y ofreciendo un sacrificio por el pecado, entonces vemos tal gloria y tal valor respirando en cada pensamiento, palabra y acción de Su humanidad sufriente, que Le abrazamos a Él y todo lo que Él es y tiene, con todo deseo y afecto de nuestra alma regenerada. Toda nuestra religión está aquí; toda nuestra fe, esperanza y amor fluyen hacia Jesucristo, y a Este crucificado, y quedan, por así decirlo, fijados y concentrados en Él; y sin una medida de esto en nuestro corazón y conciencia, no tenemos religión digna de tal nombre, nada que salve ni santifique; nada que libre de la culpa, la inmundicia, el amor, el poder y la práctica del pecado; nada que sostenga en la vida, consuele en la muerte o prepare para la eternidad.

El camino, pues, por el cual llegamos a un conocimiento de la Deidad de Cristo y a una fe en ella es, primero, sentir necesidad de todo lo que Él es como Salvador, y un gran Salvador, y luego tener una manifestación de Él al alma por el bendito Espíritu. Cuando Él es así revelado y acercado, vemos, con el ojo de la fe, Su pura y perfecta humanidad y Su eterna Deidad; y estas dos naturalezas distintas las vemos unidas, pero no mezcladas, en una gloriosa Persona, Emmanuel, Dios con nosotros. Hasta que somos así favorecidos, podemos ver la Deidad de Cristo en las Escrituras y tener hasta cierto punto una creencia en ella, pero no tenemos esa fe personal y apropiadora por la cual, con Tomás, podemos decir: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Al lector…

Hoy se le pregunta a usted dónde busca perdón y paz. Si la sangre de Cristo fuera la sangre de un mero hombre, no habría esperanza en ninguna parte para un alma culpable, y dondequiera que volviera los ojos solo hallaría desesperación. Pero la iglesia ha sido comprada con la propia sangre de Dios. Por eso el sacrificio tiene tal valor que ningún pecado es demasiado pesado para él.

¿Cómo llega un alma a este conocimiento? Primero sintiendo que necesita un Salvador pleno y completo, y luego por el Espíritu que Le revela en el corazón. ¿Siente usted esa necesidad? Entonces está en el camino. Ore para que el Señor Se acerque tanto a usted que no solo lea en la Escritura que Él es Dios, sino que pueda exclamar con Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Con un cordial saludo,
Los compiladores de jcphilpot.nl